6.9.10

El elegido de las Llamas

Tras unos tediosos 20 minutos encerrado, o mejor dicho, empotrado en la despensa, escuchó finalmente unos pasos que se dirigían hacia la cocina. Abrió un poco la doble hoja de la puerta corredera, permitiéndole vislumbrar toda la estancia. Desde la penumbra de su escondrijo pudo distinguir perfectamente a la mujer. Aquella cerda malnacida iba vestida con una blusa azul marina de Desiderata, una falda blanca y unas bailarinas a juego.

Había ido a recoger el postre, y cuando se dio la vuelta, Arzhonist pegó tal brinco que estuvo a punto de derribar dos estantes. Zafira tenía el pelo negro y corto, los ojos virulos, uno de color azul y el otro negro azabache, cubiertos por un llamativo unicejo. Su cara llena de sarpullidos y espinillas. Ni siquiera tenía un cuerpo bonito; era gorda como una foca, brazos flácidos y piernas llenas de estrías. Incluso se atrevería a decir que tenía pelo en las orejas, pero la mujer estaba lejos y no podía asegurarlo. La sola idea de que alguien quisiera tener hijos con semejante abominación de la naturaleza le daban ganas de suicidarse.

Intentando borrar la grotesca imagen de su cabeza, decidió centrarse en su tarea. Hizo un poco de ruido para llamar la atención de la mujer. Ésta se giró y fue hacia la despensa. Arzhonist cogió un almirez que tenía cerca para aturdir a su inminente víctima. Siempre recordaría la cara de sorpresa de Zafira al ver a un gigante de 1'90 encapuchado y vestido de negro emergiendo del fondo de su cocina. Sin embargo, nunca llegaría a comentárselo a nadie. El juego ya había comenzado.

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