31.8.10

Temblores-Parte I

Una pequeña mosca revoloteaba cerca de una bombilla fosforescente, sin preocuparse de nada más que de la luz. El cuarentón que agarraba un periódico del día anterior acechaba al pequeño bicho desde detrás de una barra. Actualmente, ese era el pasatiempos favorito de Lorens; o más bien, el único que tenía.

Cuando ya parecía que tenía al insecto acorralado, un leve temblor sacudió los cimientos del apartamento en el que vivía de alquiler. La presa de Lorens escapó, percibiendo quizás algún tipo de peligro. El hombre alzó la cabeza, preguntándose que había sido aquello. El reflejo en una ventana medio rota de un tipo calvo, con unas prominentes ojeras y una barba de 3 días le devolvió la mirada, también confuso.

Poco después de la primera sacudida, otra hizo acto de presencia, esta vez un poco más fuerte. Desde su reducido hogar pudo distinguir el sonido de las puertas vecinas abriéndose, así que se asomó al patio él también. Todos los vecinos de su planta estaban igual de desconcertados. ¿Era un terremoto? Ni si quiera estaban en alguna zona de riesgo, y no se tenía constancia de uno desde hacía más de 200 años. Mientras los inquilinos balbuceaban sobre las posibilidades de que eso ocurriera, una nueva sacudida, la mayor de todas, sacudió salvajemente el edificio.

Víctimas comunes de una catástrofe inminente, los vecinos del inmueble empezaron a gritar al unísono. Antes de poder reaccionar, Lorens vio cómo el techo, el suelo y las paredes empezaban a resquebrajarse. Lo que hizo a continuación, fue probablemente lo más inteligente que había hecho desde que se retiró del ejército. La mayoría de los vecinos entraron a sus casas, pero Lorens se quedó debajo del marco de la puerta. En caso de terremoto, dicen que es lo más seguro.

Anclado a la entrada de su piso, él y algunos otros vecinos que tampoco habían entrado, o que se habían asomado más tarde, fueron testigos de algo que recordarían el resto de sus vidas, durasen lo que durasen éstas. Las grietas del suelo y del techo se hicieron cada vez más grandes, hasta empezar a derrumbarse. De los pisos superiores empezaron a caer mesas, sillas, neveras, libros, y toda clase de objetos por las grietas que se abrieron.

Cuando parecía que la extraña lluvia había cesado, un grito sonó desde la lejanía, haciéndose más audible cada vez, hasta que una mujer apareció a través del techo derruido por delante de Lorens, ensangrentada y llena de golpes, precipitándose al vacío. Antes de poder recuperarse de la impresión, más y más gritos surcaban el aire, y más y más gente seguía a la mujer hacia la muerte.

Finalmente, el terremoto terminó. El estado del edificio era deplorable; las luces colgaban del techo con los cristales rotos, los portales estaban separados por fisuras enormes, y había manchas de sangre por las paredes. Lo primero que hizo Lorens fue entrar en la casa, coger todo el dinero que tenía y el móvil.

Iba a salir de allí, cuando un paisaje que parecía sacado de la película 2012 le clavó los pies al suelo. La calle estaba dividida en dos, había incendios por toda la ciudad, los edificios estaban doblados en formas imposibles. Pero lo peor de todo, lo que hizo palidecer al pobre Lorens, fue la gigantesca ola que se acercaba inexorablemente a la costa.

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