21.3.13
Tentado
18.5.12
Una luz
12.1.12
¿Quién dijo que las segundas partes no eran buenas?
-Era una tentación demasiado grande. ¿Al final abriste el sobre que te di?
-No.
-Eso significa...
-Eso significa que tenía la esperanza de que cambiaras de parecer. Cosa que hiciste.
-Pero podría no haberlo hecho. Podría haberme quedado. Podría haber conocido a alguien.
-Todo eso es verdad. Pero no pasó, ¿no?
-Ciertamente.
-Entonces cabe la remota posibilidad de que esta locura salga adelante.
-Eso creo. ¿Tú tienes fe en esto?
-La tengo. ¿Y tú?
-Tanta, que casi puedes verla.
-Eso es el reflejo del sol, memo cara de nemo.
-Y sigues llamándome así. Ahora es cuando yo saco mi vena poética y te respondo que esto es como el Sol: porque nos mantiene vivos por dentro, y brilla tanto que ciega a los demás. Por eso no pueden ver lo que nosotros vemos.
-Qué bien te ha quedado, ¿eh?
-No finjas. Sabes que te estás derritiendo por dentro.
-Sí, por culpa de la estrella.
-Touché.
19.10.11
Coyotes
-No queramos reconocerlo.
-Pero lo es. Iremos perdiendo el contacto paulatinamente. Y lo que vivimos fue demasiado importante para mí como para arruinarlo con una falsa idea de amistad. Somos más que eso, aunque no sepamos exactamente qué. Y sé que tú también lo piensas.
-Lo hago, pero...
-Ahora soy yo el que no quiere que hables.
- El que calla otorga. Y yo tengo cosas que decir.
- Y yo sé lo que dirás. Por eso te pido, te ruego, te suplico... que no lo hagas. Regálame eso.
- No vas a cambiar de idea, ¿no?
- En absoluto. Ya me conoces, soy un idealista; también un romántico. Y, por extensión, más tozudo que una mula.
-De acuerdo, pero al igual que yo he callado, tú tienes que hacerme un favor.
-Me parece justo.
-Coge esto.
-¿Qué es?
-Solamente podrás abrirlo cuando me extrañes.
-Ya lo hago.
-Entonces, cuando estés dispuesto a cambiar de idea.
-No puedo, lo sabes. Acabaría conmigo.
- ...
-Supongo que no hay nada más que decir.
- No, supongo que no.
-Cuídate mucho.
-Tú también.
"Las palabras se las lleva el viento, y las lágrimas, con el tiempo, se secan. Pero las cicatrices...son para toda la vida."
5.2.11
Confesiones de un infiel (I)
Corría el año 10. 2010. Según el calor que puedo recordar había en esa habitación del pequeño apartamento, estaríamos hablando del mes de julio. O agosto. Ha llovido mucho desde entonces, y la lluvia empaña mis recuerdos. En aquella época, yo era un joven muchacho dispuesto a comerse el mundo, o al menos esa era mi intención. Luego pasó al contrario, intentaba evitar que el mundo me comiese a mí. Pero no nos adelantemos en la trama.
Como en todo relato, sea verídico o ficticio, había que buscar causas, contemplar el desarrollo de la situación, y predecir consecuencias. O siguiendo el método científico; hacer una observación, experimentar, y analizar resultados. La vida en sí es un experimento, una certeza. Pero a la vez es una fantasía, un sueño del que unos despiertan antes, otros después. En fin, no desvariemos y volvamos a embarcarnos en la miserable historia de mi vida.
Era, como iba diciendo, verano del 2010, a falta de una referencia más concreta. Encontrábame yo en el sur de la isla de Gran Canaria, en España. Llevaba saliendo cerca de 10 meses con una chica cuyo nombre no recuerdo, y que en esos momentos se encontraba en alguna zona indeterminada del Pirineo, con su familia y sus amigos. Mientras tanto, una amiga mía que es probable os describa más adelante, había venido al archipiélago de vacaciones, y habíamos quedado para ponernos al día cada uno de la vida del otro.
Estaba yo esperándola, intentando esconderme del sol que picaba mi cuerpo entero, a la apacible sombra de un bar, tomando una cerveza Duff bien fría. Sí, querido lector, esa cerveza tan popular en los Simpson. Resultaba que allí, en aquella atracción turística que era el sur de la isla, la vendían, y con un gran éxito, como pude comprobar a lo largo del verano. Estaba a punto de irme, desesperado por el calor y el creciente número de moscas que se arremolinaban en torno al establecimiento, cuando descubrí la figura de mi amiga aproximándose por la avenida. Me sorprendí a mi mismo echándole un “repaso” a su desarrollada apariencia.
-¿Qué tal anda usted, señor escritor?- preguntó al llegar, consciente de que su presencia allí levantaba algo más que el espíritu, y no menos que la libido.
Llegados aquí, he de aclarar dos cosas. La primera, que debido al tiempo transcurrido, no recuerdo con exactitud el diálogo que mantuvimos por aquel entonces, más allá de ese saludo. Y la segunda, pero no menos importante (para mí), es que en mis años mozos, ya gustaba de escribir. Dicho esto, proseguiré la narrativa de la mejor forma que me sea posible.
-He de decir que tengo tanto calor que mi cerebro de escritor es lo más parecido a una pasa en estos momentos. ¿Por qué no vamos a un sitio más fresco?
-Anda, pipiolo. Sígueme, que por aquí cerca está mi apartamento, y tiene aire acondicionado.
Iluso.
-Pues tan cerca no debe de estar si te has retrasado 15 minutos.-siempre le llevaba la contraria.
Le di un abrazo, pagué la cerveza, y, de mala gana, la seguí hasta el apartamento, atravesando el infierno que eran esas calles guanches en la máxima expresión de la palabra “calor”.
15.9.10
Temblores-Parte II
Se encontraba rodeado de escombros, y alguna que otra persona, pero no sabía si éstas estaban vivas, muertas o inconscientes. Lo siguiente en lo que reparó fue en una gran grieta que dividía la calle en dos. Tendría aproxidamente 25 metros de ancho, y al asomarse, no pudo ni imaginar su profundidad. Siguió mirando a su alrededor, y lo que veía le producía escalofríos. Edificios arruinados, coches y guaguas precipitándose al vacío, gritos por todas partes; un caos total.
En mitad de esa vorágine, Ralph se sentía estresado y, temiendo cada vez más la posibilidad de un ataque epilépsico, decidió dirigirse a la playa, que no se encontraba muy lejos. Por el camino veía gente por doquier. Niños, ancianos, enfermos...la naturaleza no tenía piedad con nada ni con nadie. En un momento dado, se le acercó un hombre con aspecto desaliñado. Tenía los ojos virulos, parecía que se le salían de las órbitas, y gritaba sin parar el nombre de alguien: "Jahid, Jahid, Jahid, Jahid, Jahid".
-Por favor, ayúdeme. Tengo que sacar a mi hijo de ahí.-le rogó, señalando una pila de escombros.
Su cara era la viva imagen de un lúnatico, pero decidió ir a ayudarle, a pesar de que tenía un mal presentimiento.
Efectivamente, al alcanzar la pila, lo que el hombre estaba intentando rescatar resultó ser un maniquí, totalmente destrozado. Ante esta visión, el alma de Ralph se rompió en pedazos. ¿Cómo iba a decirle al hombre que no era su hijo?
-Disculpe, señor. Me temo que ese de ahí no es su hijo, si no un maniquí.
-¿Cómo que un maniquí? ¿Se ha vuelto loco? ¡Por supuesto que es mi hijo!
-Lo siento, señor. Ya se lo he dicho, eso de ahí es un maniquí.
Soltó el bloque que tenía en las manos y dio media vuelta, ignorando los gritos de aquel pobre diablo.
Meditando sobre cuántas personas estarían pasando por la misma situación que ese hombre, Ralph llegó a la playa. Ésta estaba curiosamente despejada, a pesar de que había signos evidentes que indicaban que allí había estado mucha gente. Ralph se tumbó en la arena, mirando hacia el cielo e intentando relajarse. Perdió la noción del tiempo y estaba a punto de quedarse dormido, cuando un leve rumor alcanzó sus oídos.
Poco a poco, el rumor se fue haciendo más audible. Medio desconcertado, se incorporó, y estuvo a punto de desmayarse cuando vio aquella gigantesca ola acercarse a una velocidad de vértigo. Mediría unos 20 metros de alto, como mínimo. Se levantó apresuradamente, y echó a correr; sin embargo, no pudo dar más de tres pasos seguidos, ya que entonces empezó a sufrir un ataque epilépsico. Cayó de bruces en la arena, con los ojos en blanco, y soltando espuma por la boca. No podía distinguir el paisaje, todo era un torbellino en su cabeza. Permaneció allí, luchando contra aquella maldición que ahora le impedía huir, hasta que finalmente le alcanzó la ola. Lo último que vio en su vida fue la sombra de aquel tsunami rompiendo contra la costa.
6.9.10
El elegido de las Llamas
Había ido a recoger el postre, y cuando se dio la vuelta, Arzhonist pegó tal brinco que estuvo a punto de derribar dos estantes. Zafira tenía el pelo negro y corto, los ojos virulos, uno de color azul y el otro negro azabache, cubiertos por un llamativo unicejo. Su cara llena de sarpullidos y espinillas. Ni siquiera tenía un cuerpo bonito; era gorda como una foca, brazos flácidos y piernas llenas de estrías. Incluso se atrevería a decir que tenía pelo en las orejas, pero la mujer estaba lejos y no podía asegurarlo. La sola idea de que alguien quisiera tener hijos con semejante abominación de la naturaleza le daban ganas de suicidarse.
Intentando borrar la grotesca imagen de su cabeza, decidió centrarse en su tarea. Hizo un poco de ruido para llamar la atención de la mujer. Ésta se giró y fue hacia la despensa. Arzhonist cogió un almirez que tenía cerca para aturdir a su inminente víctima. Siempre recordaría la cara de sorpresa de Zafira al ver a un gigante de 1'90 encapuchado y vestido de negro emergiendo del fondo de su cocina. Sin embargo, nunca llegaría a comentárselo a nadie. El juego ya había comenzado.
31.8.10
Temblores-Parte I
Cuando ya parecía que tenía al insecto acorralado, un leve temblor sacudió los cimientos del apartamento en el que vivía de alquiler. La presa de Lorens escapó, percibiendo quizás algún tipo de peligro. El hombre alzó la cabeza, preguntándose que había sido aquello. El reflejo en una ventana medio rota de un tipo calvo, con unas prominentes ojeras y una barba de 3 días le devolvió la mirada, también confuso.
Poco después de la primera sacudida, otra hizo acto de presencia, esta vez un poco más fuerte. Desde su reducido hogar pudo distinguir el sonido de las puertas vecinas abriéndose, así que se asomó al patio él también. Todos los vecinos de su planta estaban igual de desconcertados. ¿Era un terremoto? Ni si quiera estaban en alguna zona de riesgo, y no se tenía constancia de uno desde hacía más de 200 años. Mientras los inquilinos balbuceaban sobre las posibilidades de que eso ocurriera, una nueva sacudida, la mayor de todas, sacudió salvajemente el edificio.
Víctimas comunes de una catástrofe inminente, los vecinos del inmueble empezaron a gritar al unísono. Antes de poder reaccionar, Lorens vio cómo el techo, el suelo y las paredes empezaban a resquebrajarse. Lo que hizo a continuación, fue probablemente lo más inteligente que había hecho desde que se retiró del ejército. La mayoría de los vecinos entraron a sus casas, pero Lorens se quedó debajo del marco de la puerta. En caso de terremoto, dicen que es lo más seguro.
Anclado a la entrada de su piso, él y algunos otros vecinos que tampoco habían entrado, o que se habían asomado más tarde, fueron testigos de algo que recordarían el resto de sus vidas, durasen lo que durasen éstas. Las grietas del suelo y del techo se hicieron cada vez más grandes, hasta empezar a derrumbarse. De los pisos superiores empezaron a caer mesas, sillas, neveras, libros, y toda clase de objetos por las grietas que se abrieron.
Cuando parecía que la extraña lluvia había cesado, un grito sonó desde la lejanía, haciéndose más audible cada vez, hasta que una mujer apareció a través del techo derruido por delante de Lorens, ensangrentada y llena de golpes, precipitándose al vacío. Antes de poder recuperarse de la impresión, más y más gritos surcaban el aire, y más y más gente seguía a la mujer hacia la muerte.
Finalmente, el terremoto terminó. El estado del edificio era deplorable; las luces colgaban del techo con los cristales rotos, los portales estaban separados por fisuras enormes, y había manchas de sangre por las paredes. Lo primero que hizo Lorens fue entrar en la casa, coger todo el dinero que tenía y el móvil.
Iba a salir de allí, cuando un paisaje que parecía sacado de la película 2012 le clavó los pies al suelo. La calle estaba dividida en dos, había incendios por toda la ciudad, los edificios estaban doblados en formas imposibles. Pero lo peor de todo, lo que hizo palidecer al pobre Lorens, fue la gigantesca ola que se acercaba inexorablemente a la costa.
28.8.10
Preludio al desastre.
Esperó a que la mujer saliera de la habitación, y salvando de un salto la escasa altura a la que estaba situada la ventana, entró. Una vez dentro, las vías de acción que se le presentaban eran varias: podía encender el gas y hacer saltar la casa por los aires, pero sería muy llamativo. También podía sorprender a la pareja en mitad de la cena, y amenazarles, pero siendo el hombre un ex-policía podía tener algún arma escondida.
Echándole un vistazo a la cocina, se percató de que había un postre preparado, y tras meditarlo unos segundos, resolvió el sorprender a la mujer en la cocina, aturdirla, y luego iría a por el marido.
Se escondió en una despensa situada al lado de la entrada; allí sería imposible que lo descubrieran. Ahora sólo tenía esperar que Lorenzo y Zafira terminasen su última cena.
13.8.10
Primer Acto.
Finalmente llegó a su objetivo; una pequeña casa, situada en un barrio marginal a las afueras de la ciudad. Una zona poco habitada, el escenario perfecto para su propia obra. Si la información era cierta, allí residían un hombre, Lorenzo, de 49 años, y su mujer Zafira, de 45. Lorenzo era un policía corrupto caído en desgracia, al que habían despedido debido a su continuo maltrato, físico y psicológico, hacia compañeros de trabajo de otras etnias. Su mujer era incluso peor. Lorenzo y Zafira tenían una hija, de apenas 7 años de edad, a la que Zafira maltrataba cuando su marido estaba trabajando. Hasta que el día que despidieron a Lorenzo.
Ambos, marido y mujer, estaban de los nervios; ¿cómo iban a pagar los gastos de la casa y la comida? Ante tanto estrés, sólo se les ocurrió una cosa. Descargarse con la pequeña. La pobre niña murió de la paliza que le propinaron esos engendros. Ahora, era el turno de Arzhonist de hacerle pagar por sus crímenes.
Desenfundó uno de los botes de spray que llevaba bajo el mono, sacó un mechero del bolsillo y se dispuso a comenzar con su tarea. Era hora del primer acto.
"Vámonos de caza"-Arzhonist.
Al terminar de cambiarse, fue a su armería particular. Se detuvo ante la ingente cantidad de armas, y luego de una preselección, tuvo que decidir entre el clásico lanzallamas, un kit de Molotovs, o un juego de herramientas de tortura. Cómo su presa del día no era importante, decidió coger las herramientas de tortura, algunos botes de spray, y un par de mecheros. Así sería más interesante. Por si acaso, también se llevó una pistola, modelo Alfa R, trucada para disparar una munición de calibre 1.2 mm.
Tras concluir los preparativos, se aseguró de cerrar todo herméticamente, y abandonó el lugar. Estaba ansioso de un nuevo espectáculo de gritos y lágrimas.
5.8.10
Arzhonist.

Apestaba a gas. El aire había sido sustituido por una gran columna de humo negro que se perdía entre las lejanas nubes en mitad de la noche. Gritos de alarma y pasos apresurados se distinguían desde la calle. Rodeados por muros de fuego infranqueables, atados a una silla, sabían que iban a ser pasto de las llamas. Ya se habían hecho a la idea. Sin embargo, también habían jurado vengarse de ese hombre.
Aunque vivieran mil vidas, aunque viviesen a mil mundos de distancia, aunque tuvieran que buscarlo entre los muertos…se vengarían. Y la venganza sería terrible.
* * * * *
“Unos dicen que soy un justiciero. Otros, un criminal y un sádico. La mayoría quiere tenerme lejos; unos pocos harían lo que fuera por estar conmigo.Todos me conocen, pero nadie ha venido a buscarme. ¿Miedo? Tal vez...
Soy aquél que está en tu casa en una fría noche de invierno, acompañado de leña y papel, observando cómo tienes una familia y una vida. Como tienes aquello que yo más anhelo. Observo, atento, buscando el momento de arrebatártelo todo.
Soy un cuerpo lleno de odio, unos ojos cegados por la ira, unas manos que claman venganza y unas piernas sostenidas por la rabia. Nací del sufrimiento, me arrastré por la desidia, dormí a la vera del dolor. Soy tu peor pesadilla, o puedo llegar a ser tu mejor amigo. Soy fuego. Soy humano. Soy todo eso, y más. Soy…Arzhonist. Ésta es mi presentación, y el inicio de una nueva era…regida por las llamas del infierno.”
Microrrelato
4.8.10
El Bosque

Sofía apenas llevaba media hora fuera, y aún así, sentía como si llevase toda una vida. Le encantaba escabullirse por las noches de su cuarto y salir al bosque Toughwood, a 10 minutos de su casa, para sentarse a contemplar las estrellas. Era un lugar solitario. A priori, imponía algo de respeto adentrarse en ese lugar, pero aquellos que se atrevían, veían recompensada su osadía cuando iban a parar al otro lado del bosque.
En este otro lado se extendía un inmenso lago, sobre el que se reflejaba la noche estrellada, más allá de lo que los ojos alcanzaban a ver. La hierba era alta y cubría hasta las rodillas, en contraste con muy diversas flores, unas conocidas, otras no tanto. Los árboles de alrededor tenían tal altura que parecían querer abrazar a las estrellas y fundirse con ellas. Aquí el tiempo parecía detenerse; no se escuchaba prácticamente nada, era como estar en una sala insonorizada. Era un escenario digno de ser pintado por el mejor de los artistas, un estrado que invitaba al pensamiento, un patio de juegos mayor que el que cualquier niño pudiera imaginar.
A salvo de miradas indiscretas, lejos de la mano del hombre que todo destrozaba, ese bosque se sentía como un pedazo del Paraíso en la Tierra.
3.8.10
Sin darse por vencida, se echó a correr de nuevo. Antes prefería morir de agotamiento a ser víctima de ese bastardo. Sin saber como, terminó al borde de un acantilado. Se asomó con cuidado; no podía distinguir el fondo de aquel negro precipicio.
Estaba totalmente atrapada. ¿Qué iba a hacer ahora? Un crujido a sus espaldas llamó su atención. Allí estaba, la sombra de aquel cerdo. De repente, se sentía totalmente calmada. Ya sabía cual era su destino. Esperó tranquilamente a que su perseguidor la descubriera.
Éste, al ver la cara de su presa, comprendió lo que iba a hacer, y su rostro cambió de la satisfacción al horror. La chica sonrió maliciosamente. Este era su mensaje; nunca más conseguiría tenerla. Sin pensárselo más, dio un paso al frente y se arrojó al vacío. Mientras caía, los últimos años de su vida pasaron ante sus ojos: cómo le había conocido, el momento en el que empezaron a salir, su primer beso, su boda... y también los primeros golpes, que en poco tiempo se convirtieron en auténticas palizas que terminaban dejándola sin conocimiento.
Aparte de haberle conocido, sólo se arrepentía de otra cosa; no haber denunciado antes. Quizás, si lo hubiese hecho, su vida no hubiera terminado de esta forma.
