Corría el año 10. 2010. Según el calor que puedo recordar había en esa habitación del pequeño apartamento, estaríamos hablando del mes de julio. O agosto. Ha llovido mucho desde entonces, y la lluvia empaña mis recuerdos. En aquella época, yo era un joven muchacho dispuesto a comerse el mundo, o al menos esa era mi intención. Luego pasó al contrario, intentaba evitar que el mundo me comiese a mí. Pero no nos adelantemos en la trama.
Como en todo relato, sea verídico o ficticio, había que buscar causas, contemplar el desarrollo de la situación, y predecir consecuencias. O siguiendo el método científico; hacer una observación, experimentar, y analizar resultados. La vida en sí es un experimento, una certeza. Pero a la vez es una fantasía, un sueño del que unos despiertan antes, otros después. En fin, no desvariemos y volvamos a embarcarnos en la miserable historia de mi vida.
Era, como iba diciendo, verano del 2010, a falta de una referencia más concreta. Encontrábame yo en el sur de la isla de Gran Canaria, en España. Llevaba saliendo cerca de 10 meses con una chica cuyo nombre no recuerdo, y que en esos momentos se encontraba en alguna zona indeterminada del Pirineo, con su familia y sus amigos. Mientras tanto, una amiga mía que es probable os describa más adelante, había venido al archipiélago de vacaciones, y habíamos quedado para ponernos al día cada uno de la vida del otro.
Estaba yo esperándola, intentando esconderme del sol que picaba mi cuerpo entero, a la apacible sombra de un bar, tomando una cerveza Duff bien fría. Sí, querido lector, esa cerveza tan popular en los Simpson. Resultaba que allí, en aquella atracción turística que era el sur de la isla, la vendían, y con un gran éxito, como pude comprobar a lo largo del verano. Estaba a punto de irme, desesperado por el calor y el creciente número de moscas que se arremolinaban en torno al establecimiento, cuando descubrí la figura de mi amiga aproximándose por la avenida. Me sorprendí a mi mismo echándole un “repaso” a su desarrollada apariencia.
-¿Qué tal anda usted, señor escritor?- preguntó al llegar, consciente de que su presencia allí levantaba algo más que el espíritu, y no menos que la libido.
Llegados aquí, he de aclarar dos cosas. La primera, que debido al tiempo transcurrido, no recuerdo con exactitud el diálogo que mantuvimos por aquel entonces, más allá de ese saludo. Y la segunda, pero no menos importante (para mí), es que en mis años mozos, ya gustaba de escribir. Dicho esto, proseguiré la narrativa de la mejor forma que me sea posible.
-He de decir que tengo tanto calor que mi cerebro de escritor es lo más parecido a una pasa en estos momentos. ¿Por qué no vamos a un sitio más fresco?
-Anda, pipiolo. Sígueme, que por aquí cerca está mi apartamento, y tiene aire acondicionado.
Iluso.
-Pues tan cerca no debe de estar si te has retrasado 15 minutos.-siempre le llevaba la contraria.
Le di un abrazo, pagué la cerveza, y, de mala gana, la seguí hasta el apartamento, atravesando el infierno que eran esas calles guanches en la máxima expresión de la palabra “calor”.

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