Y al otro lado de la ventana, nada de nada. No importaba lo
mucho que mirase. La oscuridad era impenetrable. No había en el cielo ni una estrella
que pudiera distinguirse. Ángela seguía asomándose a ratos, ya que era la
única ventana de la habitación. Los gritos sonaban muy cerca, premonitorios. Él
le había dicho que volvería y ahora estaba allí encerrada. "Maldito
idiota", pensó. Los gritos parecían acercarse aún más, cuando una luz
comenzó a brillar tímidamente en mitad de la noche. “¡Es él!”, exclamó. De
repente, los gritos cesaron. La puerta de la habitación comenzó a abrirse.
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